Mano de obra, de David Zonana.

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Por Abel Cervantes 

Ganadora del Ariel como mejor ópera prima, Mano de obra es una película cuyos méritos apuntan en varias direcciones. Francisco es un albañil que pierde a su hermano cuando éste tiene un accidente durante la construcción de una casa. Luego de buscar ayuda con su jefe inmediato y con el dueño de la propiedad, decide tomar justicia por su propio puño. La  película parece emitir una denuncia sobre aquellas personas que toman una casa ajena para convertirla en suya, pero es mucho más que eso. Durante los cerca de 80 minutos de duración, la cámara se mueve apenas lo suficiente. La fotografía de Carolina Acosta registra los acontecimientos con delicadeza y precisión: no es necesario hacer uso de la cámara en mano o utilizar planos intrépidos porque los elementos que se encuentran dentro del campo de visión están justo donde deben estar. La aparente frialdad de las imágenes (los colores y la escasez de movimiento) contrastan con los intensos –y amargos– sentimientos que se proyectan en la pantalla: la muerte, la soledad, la traición. La cámara se comporta de la misma manera cuando graba los escenarios de los barrios menos favorecidos de Ciudad de México que los lujosos interiores de la casa del Pedregal.

Interpretado por el también ganador del Ariel, Luis Alberti, nuestro protagonista deambula entre el bien y el mal exponiendo sus dudas éticas y sociopolíticas ante el auditorio: Francisco es capaz de sentir coraje por las injusticias que lo rodean y organizar un movimiento revolucionario y, al mismo tiempo, traicionar a sus amigos o infringir la ley. David Zonana –director y guionista de Mano de obra– parece  decirnos que no hay respuestas fáciles ante las preguntas que la película emite. Todos los personajes parecen ser víctimas y culpables a la vez. Víctimas, por padecer los acontecimientos que los rodean; culpables, por no realizar ninguna acción para cambiar su presente. O por tomar las decisiones equivocadas.

Relación con claridad Mano de obra

En cierto punto Mano de obra parece retomar algunas de las premisas de “Caridad” (1974) de Jorge Fons. Un personaje sufre las consecuencias de su contexto. Mártir de la burocracia, debe afrontar los obstáculos en soledad teniendo un final fatídico. La clase socioeconómica, que debería de ser su aliada, se convierte en su enemigo. La relación entre clases no sólo no es sencilla, sino irremediable.

Significado del agua en la película Mano de obra

Mano de obra proyecta dos alegorías interesantes. El agua es uno de  los protagonistas secretos de la película. Cuando Francisco regresa a su casa, el agua cae sobre su cabeza como si se tratara de un recordatorio de la muerte. Su casa se inunda y Francisco se ve obligado a escapar de ahí, pero ¿a dónde? Dentro de la casa del Pedregal el agua tiene un carácter diferente: es reconfortante y tibia, se encuentra en el lado opuesto de la suciedad y la frialdad que poseía la de su barrio. Al final de la película, cuando ha sido recluido en una habitación pequeña, aparece nuevamente la lluvia fría y destructora. Este suceso motiva a Francisco a tomar una de las decisiones más radicales que tienen lugar en la cinta. Finalmente, la casa de la que se apropia en el Pedregal puede ser motivo de múltiples interpretaciones: es el lugar donde muere su hermano, sí, pero también el espacio donde Francisco intenta un cambio colectivo que culmina en el episodio más ominoso. La arquitectura de la casa en un principio se relaciona con conceptos como lujosa y elegante, pero gracias al devenir de los acontecimientos, la fotografía y el también estupendo diseño sonoro (a cargo de Alejandro de Icaza y Enrique Fernández Tanco) estos adjetivos se transforman en otros más cercanos a la penuria o el cinismo. Mano de obra es la confirmación de que el cine mexicano vive uno de sus mejores momentos. Y no sólo por su exhibición en festivales internacionales.